
En este libro se recoge una selección de doce de los famosos Cuentos de Canterbury escritos por Geoffrey Chaucer, una de las obras cumbres de la literatura medieval inglesa.
Se presentan adaptados con un lenguaje sencillo y claro y una longitud adecuada; sin embargo, aunque la mayoría de las historias no son más que cuentos ligeros, algunas conservan mensajes de sociedades y actitudes anticuadas que merece la pena que un adulto aclare.
Índice de contenidos
El libro, de unas 37 000 palabras de extensión, tiene los siguientes capítulos:
- En la posada
- La historia del caballero: Palamón y Arcite
- La historia del magistrado: Constanza
- La historia de la priora: El pequeño Hugo de Lincoln
- La historia del capellán de monjas: El gallo, la gallina y el zorro
- La historia del bulero: Los juerguistas que fueron al encuentro de la muerte
- La historia de la comadre de Bath: La novia desconocida
- La historia del fraile: El convocante
- La historia del erudito: La sufrida Griselda
- La historia del escudero: Cambuscán y el caballo de bronce
- La historia del terrateniente: La promesa de Dorígena
- La historia del criado del canónigo: El sacerdote que aprendió a ser filósofo
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Fragmento de prueba
A continuación tienes buena parte del principio de la obra, para que puedas ver cómo es el estilo, etc.
Este es el primer capítulo, «En la posada»:
Harry Bailey, propietario de la posada Tabardo, estaba de pie en la entrada abierta, escuchando. Oyó el sonoro ruido de una gaita, el tintineo de campanillas, las finas notas de una flauta, luego un fragmento de una canción y después una carcajada. El pisar de los cascos sonaba cada vez más cerca, y por la calle que salía del Puente de Londres subía a paso ligero un grupo de jinetes.
—Estoy seguro de que se dirigen al Tabardo —se dijo el posadero, y llamó a sus criados—. ¡Eh! Poned cañas frescas en el vestíbulo. Echad otro leño al fuego. El aire es fresco cuando uno ha estado cabalgando. Ocupaos de que el fuego de la cocina…
No hubo tiempo para más órdenes, y nadie habría podido oírlas si las hubieran dado, porque la gaita sonaba más fuerte que nunca, como para indicar que había cerca gente importante; y al momento los viajeros iban entrando con estrépito en el patio de la posada, apeándose de sus caballos y subiendo los escalones hasta la galería, y de allí a la casa.
¡Menuda banda! No era de extrañar que tanto los adultos como los niños los miraran con curiosidad mientras subían por la calle. El primero de todos era un caballero alto y digno, que aún llevaba parte de su armadura y mostraba, por las manchas que había dejado en su jubón, o túnica corta, que venía directamente de alguna campaña. Su hijo le seguía como escudero, un apuesto joven de veinte años con el pelo rizado y el rostro alegre. Sin importarle las prisas, había encontrado tiempo para ponerse una túnica nueva, una preciosa, toda bordada con flores rojas y blancas. Era él quien había estado tocando alegremente la flauta mientras subían por la calle. Detrás de él iba su criado, con capucha y capa verde. Llevaba arco y flechas, espada y broquel, cuerno y daga. La bella monjita que los seguía, junto con otra monja y tres sacerdotes, también se había tomado su tiempo para asearse, pues su aspecto era tan delicado y pulcro y sonriente como si hubiera cabalgado por verdes campos en lugar de por el camino polvoriento. Un rosario le colgaba del brazo, con cuentas de reluciente coral engastadas en verde.
En la brida del más jovial de los monjes había unos campanillitos tintineantes. Llevaba el violín en una bolsa a un lado, las mangas adornadas con las mejores pieles y la capucha sujeta bajo la barbilla con un hermoso broche de oro amarillo de buena calidad, forjado en forma de nudo del amor. Su caballo era grande y fuerte y estaba ricamente enjaezado, y el monje cabalgaba como si se sintiera tan a gusto a caballo como sobre sus propios pies.
«Cabalga como un cazador y, si no me equivoco, prefiere ir de caza a sentarse en un claustro a leer un libro», pensó un viajero callado que estaba allí, observando a los recién llegados con ojos brillantes y penetrantes. Había llegado a la posada aquella mañana y al día siguiente tenía intención de cabalgar hasta Canterbury, pues iba en peregrinación al santuario de Santo Tomás Becket. Su rostro era pequeño y pensativo, y tenía una manera de mirar al suelo como si estuviera buscando algo o soñando con algo lejano; pero había una suave curvatura en sus labios, como si le gustaran las bromas y él mismo tuviera cierto ingenio. Parecía muy alegre cuando uno de los presentes, un fraile, se quitó la capa con tanto cuidado.
Era evidente que la llevaba bien llena de cuchillos, alfileres y otras cosas para vender, y que no solo se dedicaba a oír confesiones y dar absoluciones, sino también a ganarse uno o dos cuartos en cuanto tenía ocasión. Tarareaba el estribillo de una balada alegre, pero se detuvo al acercarse a un caballero de aspecto pomposo y barba horquillada, un comerciante por quien —o por cuyas bolsas de dinero— el fraile sentía evidentemente un gran respeto. Llevaba un sombrero de Flandes alto, con una larga pluma erguida. El resto de su atuendo también era costoso, e incluso los broches de sus zapatos eran de reluciente oro. Nadie podía dejar de ver a primera vista que era un hombre rico y próspero. Se apeó lenta y pausadamente, como si quisiera que todo el mundo comprendiera que era un personaje demasiado importante para hacer nada con prisas.
Las hermosas ropas del mercader hacían que el esbelto joven que estaba a su lado, esperando pacientemente a que se despejara el camino, pareciera aún más desaliñado de lo que hubiera parecido en otras circunstancias; y sin duda eso era totalmente innecesario. Su sobretodo estaba raído, su caballo era flaco como un rastrillo y el jinete no era mucho más corpulento. «Es un estudiante de Oxford, un erudito, o mucho me equivoco —pensó el hombre que estaba observando—. Seguro que preferiría tener una veintena de libros que todas las costosas túnicas que el mercader haya traído a través del Canal. Es filósofo, pero no parece saber cómo convertir el metal común en oro».
Tras el estudiante de Oxford llegaron dos hombres que conversaban en voz baja: uno de ellos, un magistrado de éxito, que vestía una capa con un cinto de seda todo tachonado de pequeños adornos; el otro era, a todas luces, un acaudalado terrateniente. Este tenía las mejillas coloradas y una larga barba blanca; llevaba un puñal de dos filos y un pesado bolso de seda colgado a su lado. Cerca de ellos había un grupo de gente acomodada: un mercero, un carpintero, un tejedor, un tintorero y un pañero. Todos vestían la librea de su gremio, que era evidentemente uno de riqueza e importancia. Todo lo que llevaban era nuevo y estaba primorosamente confeccionado. Incluso sus cuchillos tenían la punta de plata en lugar de latón. No pensaban confiar en cualquier tipo de comida que pudieran encontrar en el camino, y con buen criterio habían llevado consigo a su cocinero.
Un capitán de barco de rostro moreno se había bajado de su corcel con bastante torpeza, pues estaba más acostumbrado a un navío que a un caballo. Llevaba una túnica de pesado friso y, alrededor del cuello, un cordón del que pendía una daga. «Su barba la han sacudido muchas tempestades —pensó el observante, que, al mirar el rostro resuelto del marinero, se dijo—: No me gustaría estar entre sus prisioneros. Si no me equivoco, ha hecho caminar por la tabla a más de un hombre».
Todo esto, mientras el buen Harry Bailey entraba y salía entre sus huéspedes, dándoles la bienvenida a la posada. Se inclinó ante el doctor con su bata forrada de seda; porque un doctor, que conocía las causas de todas las enfermedades, debía ser tratado con respeto. Bromeó alegremente con una mujer pelirroja de Bath mientras la ayudaba a apearse; su sombrero era ancho como un broquel; llevaba medias escarlata y zapatos nuevos.
—Soy una viajera experimentada —dijo—. He peregrinado antes: he estado en Roma y Colonia, y tres veces en Jerusalén. —Y entró en la casa con el aire de quien tiene mucho dinero y sabe sacarle partido.
Dos hombres subían los escalones uno al lado del otro. Se parecían tanto que era evidente que eran hermanos, aunque uno llevaba el traje de labrador, y el otro, el de sacerdote. Ambos tenían caras serias, y el hombre que observaba los miró amablemente y pensó: «Hay un sacerdote que no huirá de su parroquia rural para encontrar un lugar más sencillo. Me lo imagino cogiendo su bastón y saliendo a pie en medio de una tormenta para ver a un enfermo».
Los dos hermanos juntos no ocupaban tanto espacio como el molinero, que venía tras ellos con una capucha azul y un largo abrigo blanco. Era un tipo corpulento y ancho de hombros, que con seguridad ganaría en un combate de lucha. «Puedo romper cualquier puerta golpeándola con la cabeza», había presumido durante el viaje. Su barba era roja como la de un zorro, y cuando abría la boca parecía un gran horno encendido. Bajo el brazo llevaba una gaita, pues era él quien había estado tocando mientras subían por el camino. Era un hombre muy distinto del digno caballero, del bondadoso sacerdote y del caballero rural de rostro agradable y alegre.
También lo era el convocante, cuya misión consistía en llamar ante el tribunal eclesiástico a todo aquel a quien encontrara infringiendo sus leyes; su aspecto era tan astuto y cruel que un niño habría tenido miedo de acercarse a él; llevaba en la cabeza una enorme guirnalda que colgaba sobre su rostro enrojecido. No tenía espada ni broquel, y es difícil ver cómo podría haberse apañado con uno, pues todo lo que podía hacer era ocuparse de un gran pastel redondo que había llevado consigo. A su lado cabalgaba un bulero, con el largo cabello amarillo colgándole sobre los hombros, pues creía que era la última moda llevar gorra, y por eso se había metido la capucha en el bolso que llevaba en el pomo de la silla. Los dos hombres bien podían ir juntos, pues ambos eran tramposos y sacaban todo el dinero que podían de los pobres que confiaban en ellos o estaban en su poder.
Por último, llegaron el administrador de una asociación jurídica y el corregidor de una casa solariega. Sus rostros eran agudos y astutos, y se veía que estaban dispuestos a hacer grandes tratos con cualquiera que tuviera algo que ver con ellos.
Estas eran las personas que habían acudido a la posada del Tabardo. Todos iban en peregrinación a Canterbury; y, por muy diferentes que fueran, se alegraban de la compañía de los demás, pues era un viaje de tres o cuatro días, y, cuanto más numeroso era el grupo, más a salvo estaban de los ladrones. Había bullicio y alboroto en la posada; los mozos corrían de un lado a otro, y los mozos de cuadra se gritaban unos a otros mientras frotaban a los caballos y los metían en los establos. Los mozos de cocina gastaban bromas a los cocineros, y los cocineros reñían a los mozos de cocina; pero no pasó mucho tiempo antes de que una agradable fragancia empezara a llenar la casa, y pronto los peregrinos fueron llamados a cenar. Era apenas media tarde, pero la mayoría de la gente almorzaba a las diez de la mañana, y los invitados estaban preparados para todo lo bueno que su anfitrión les había proporcionado. Habían llevado las tablas y las habían colocado sobre caballetes. Luego llegó el propietario de la posada, seguido de los sirvientes, cada uno con una toalla alrededor del cuello y otra en el brazo izquierdo. Tras ellos iban los mozos de cocina con los diversos platos. Se pasaban cuencos y servilletas para que los comensales pudieran lavarse las manos antes de la comida, cosa un tanto deseable, ya que por lo general un mismo cuenco de madera servía para dos personas, y aún no se habían inventado los tenedores.
Las carnes se cortaban en tiras, y los comensales las mojaban en la salsa mientras comían. El convocante devoraba su comida con avidez, y pobre de aquel que compartiera su cuenco de comida, pues no le importaba lo más mínimo meter el puño entero en la salsa. Engullía ajos y cebollas a puñados, esparciendo abundantes porciones de su comida sobre sus desafortunados vecinos. Engullía el vino más fuerte y extendía su copa una y otra vez.
Muy diferentes eran los modales en la mesa de la priora. Su delicada mano nunca se hundía en la salsa, pues a lo sumo mojaba solo la punta de sus delgados dedos. Sabía llevarse un bocado del cuenco a la boca sin dejar caer la salsa; y antes de beber, siempre se limpiaba los labios con tanto cuidado que no quedaba ni un poco de grasa en el vaso. Había escuchado con atención las historias sobre cómo se comportaba la gente en la corte, y trataba de practicar los mismos modales. También había aprendido francés en la escuela. Estaba encantada con la oportunidad de utilizarlo, y nunca se imaginó que era el francés de Stratford-at-Bow y no el de París el que hablaba.
Había pescado, aves y carnes de varias clases, cordero y cerdo servidos con salsa de jengibre, y ternera asada servida con ajo y vinagre; carne de jabalí, generosamente sazonada con mostaza; tocino y sopa de guisantes, y los más sorprendentes budines y empanadas, elaborados con toda clase de artículos notables mezclados entre sí y con muchos tipos de especias cuya cantidad estaba limitada solo por su precio. Sobre estos compuestos se vertía «vino fuerte», o aguardiente, y luego se les prendía fuego y se introducían con las llamas subiendo. Había mucho vino, servido en copas de madera y peltre, y cerveza en abundancia, pues Southwark era famosa por su cerveza.
Mucho antes de que terminara la cena, el primer invitado se había hecho amigo de todo el grupo. Había hablado de guerra con el caballero y de caza con el monje. Había alabado el canto del fraile y había hecho un pequeño cumplido a la bella priora. Había discutido con el mercader el peligro de encontrarse con piratas en el Canal de la Mancha, había preguntado al cura por los pobres de su parroquia, y había prometido prestar un libro al estudiante; incluso había preguntado juguetonamente al molinero si nunca cobraba peaje tres veces de la misma bolsa de grano. Todos estaban contentos y de buen humor. Se lavaron las manos, pagaron su cuenta y acordaron partir temprano a la mañana siguiente.
Pero ahora Harry Bailey tenía algo que decir. Era alto, varonil y apuesto. Durante la cena se había sentado en el asiento de honor, junto a la columna, y había sido el más alegre de todos. Ahora dijo:
—Señores, sed bienvenidos de todo corazón, pues sin duda sois el grupo más alegre que ha estado en esta posada en todo el año. Me gustaría hacer algo para complaceros, y he estado pensando en un pasatiempo que os divertirá y no os costará un centavo. Vais en peregrinación, y que Dios os conceda buen viaje; pero de nada sirve que vayáis por ahí mudos como una piedra. Sé que queréis contar historias y divertiros. Ahora tengo un plan, y, si hacéis lo que os propongo y no resultáis más felices por ello, os daré mi cabeza.
—¿De qué se trata? ¡Decidnos qué es!
—Que cada uno de vosotros contará dos historias en el viaje de ida y otras dos en el de vuelta; y el que cuente la mejor historia tendrá una cena a costa del resto de nosotros, y se sentará en el lugar de honor, aquí junto a este poste, cuando hayamos regresado de nuevo. Y para ayudar a llevar a cabo el juego, yo iré a mi costa con vosotros como guía, y, si alguien se opone a lo que yo diga, pagará cada céntimo que gastemos en el camino. Si os parece bien, decidlo y me prepararé. Todos quedaron complacidos y le pidieron que fuera su guía y el jurado de las historias. Se fijó un precio para la cena, y todos los peregrinos acordaron acatar su decisión en todo. Se sirvió vino y bebieron juntos en buena compañía. Pero ya se había puesto el sol y todos se fueron a descansar
Cuentos de Canterbury, de Eva March Tappan (traducción y adaptación de Paco Álvarez)
Algunas respuestas
Quizá tengas preguntas. Aquí las respuestas.
¿El libro es para niños?
Efectivamente, el libro es para niños, a partir de unos 9 años.
¿Hay dibujos o imágenes?
El interior del libro es todo texto. La única imagen que hay es la de la portada.
¿Cómo va de políticamente correcto?
Hay alguna cosa un poco escabrosa, pero especialmente hay que tener cuidado con el capítulo «La sufrida Griselda»; se recomienda que se lea con un adulto.
¿Puedo probar antes de comprar?
Sí: prueba este fragmento con el primer capítulo completo para ver si es el estilo que esperas.
¿Necesito un dispositivo específico para el formato ebook?
No es necesario que tengas un dispositivo Kindle: puedes descargar en tu teléfono, tableta u ordenador la aplicación gratuita de Kindle para leer ahí la obra.
¿Qué diferencia hay entre la versión digital y en papel?
Además de la obvia, ninguna: el contenido en ambas versiones es idéntico.
Si te interesa el tema económico, mi parte de beneficios es la misma en la versión digital y en papel (céntimo arriba, céntimo abajo).
No puedo/quiero comprar en Amazon
El libro es autoeditado y autopublicado y por el momento solo está disponible en Amazon porque es ahí donde lo he autopublicado. Por el momento no tengo pensado publicarlo en ninguna otra plataforma. 🤷♂️
El audiolibro sí está fuera de Amazon, por lo que puedes comprarlo sin pasar por ahí.
¿Tienes más?
De hecho, ¡sí! Desde humanistasenlared.com/libros puedes ver todo lo que tengo publicado, pero te lo pongo más fácil.
Para adultos (y jóvenes interesados):
- El ocaso de los héroes que lucharon en Troya
- Auge y caída de los héroes y reyes de Tebas
- La historia de Cupido y Psique
Estos son los libros juveniles sobre mitología griega que tengo publicados por ahora (¡más en camino!):
¡Y también sobre historia del mundo clásico!
- La historia de los griegos
- La historia de los romanos
- Los grandes griegos de Plutarco
- Los grandes romanos de Plutarco
- La expedición de los diez mil
- Seis historias fascinantes de Heródoto
- Leónidas, Temístocles, Fidias y Sócrates
Y como no solo de clasiqueo vive el hombre, también tengo leyendas medievales adaptadas para todos los públicos:
- La leyenda de Beowulf
- La leyenda de Roncesvalles
- La leyenda de Guillermo Tell y los libertadores de Suiza
- La leyenda de Robin Hood
- La leyenda del rey Arturo y sus caballeros
- La leyenda de Frithjof, el vikingo de Noruega
- La leyenda de Guy de Warwick
- Cuentos de Canterbury
Otra colección es la de historias vikingas:
- Los vikingos: Historia y leyendas de los reyes del mar
- Relatos vikingos
- La leyenda de Frithjof, el vikingo de Noruega
¡Y ahora vamos más allá en la historia!
