
La expedición de los diez mil, la Anábasis de Jenofonte para todos los públicos.
Tras la muerte del viejo rey persa, sus dos hijos luchan por el trono. Uno de ellos, el joven príncipe Ciro, dispone de una poderosa arma: un ejército mercenario de 13 000 soldados griegos, que sin duda le asegurará la victoria en el campo de batalla contra el nuevo rey, su hermano mayor Artajerjes.
Y este ejército griego se muestra invencible en la batalla de Cunaxa. Sin embargo, a pesar de la victoria, ocurre algo inesperado y terrible. Ahora, el ejército griego se encuentra en medio de un país hostil, a miles de kilómetros de Grecia, acosado y hostigado constantemente por todo tipo de enemigos. ¿Serán capaces de volver a casa sanos y salvos?
La narración griega original, en la que el profesor Witt basó su versión, es, por supuesto, la conocida Anábasis de Jenofonte, que es uno de los libros más fascinantes del mundo. Jenofonte, célebre personaje, se vio obligado repentinamente a desempeñar el papel de líder, y lo hizo a la perfección. Pero si mereció los mejores elogios de sus compatriotas y soldados a su mando por su servicio en el campo de batalla, ha merecido aún más de todas las generaciones posteriores por la fuerza no de su espada, sino de su pluma.
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Índice de contenidos
Por si te interesa, te dejo el índice de los 40 capítulos que componen el libro:
- El gran rey
- El imperio persa
- Grecia
- La rivalidad de los hermanos
- Los preparativos
- En marcha
- La princesa Epiaxa
- Clearco
- Negociaciones en Tarso
- De Tarso a Miriando
- El cruce del Éufrates
- En el desierto
- La traición de Orontes
- Se acerca el rey
- Antes de la batalla
- La batalla de Cunaxa
- El tratado con Arieo
- El tratado con el gran rey
- La deserción de Arieo
- Entrevista con Tisafernes
- La traición de Tisafernes
- Jenofonte
- Elección de oficiales
- Jenofonte se dirige a las tropas
- El acoso de Mitrídates
- El hostigamiento de Tisafernes
- Adiós, Tisafernes
- ¿El río o las montañas?
- Los carducos
- La toma de un paso
- Un largo día de lucha
- El cruce del Centrites
- El sátrapa Tiribazo
- Un invierno armenio
- Aldeas armenias
- Los taocos
- ¡El mar! ¡El mar!
- Los macronios y los colcos
- Los juegos de Trapezunte
- La vida de Jenofonte tras la expedición
Primer capítulo
Odio cuando tengo que comprar un libro relativamente a ciegas. A continuación te dejo el primer capítulo, «El gran rey», para que veas el estilo:
De vez en cuando, a lo largo de la historia del mundo, se ha concedido el título de el Grande o Magno a algún monarca que se ha distinguido, ya sea por el esplendor de sus victorias o por el valor de sus servicios a sus súbditos. Así, hablamos por ejemplo de Alejandro Magno y, entre los reyes de la península ibérica, de Fernando el Magno o el Grande, rey de León en el siglo XI.
Sin embargo, hubo un imperio, el de los persas, en el que estos títulos no suponían realmente ninguna distinción, pues todos los reyes eran conocidos como el gran rey o rey de reyes. Esto no era porque fuera más noble o sus hazañas hubieran sido mayores que las de otros hombres, sino porque era dueño de un vasto imperio, el mayor que se hubiera visto jamás sobre la faz de la tierra.
El imperio persa se había fundado unos ciento cincuenta años antes de que comenzara la historia de este libro. Su fundador había sido Ciro el Grande, que, tras heredar el doble trono de Persia y Media, había conquistado muchas de las naciones de los alrededores. Los reyes que le sucedieron a él continuaron extendiendo su poder cada vez más lejos, hasta que finalmente, en los tiempos de Darío I, el gran rey de Persia tenía sometidos a no menos de cincuenta y seis naciones.
El gran rey era considerado poco menos que un dios. Todos los que entraban en su presencia se tiraban a sus pies, como si estuvieran delante de un ser divino. Se suponía que un simple súbdito debía necesariamente quedar como cegado ante el esplendor de la majestad del rey.
La corte del gran rey era de un tamaño inimaginable. Su residencia principal estaba en la ciudad de Susa, pero cuando hacía más calor prefería permanecer en la ciudad de Ecbatana, que estaba más elevada y más fresca, y ocasionalmente se quedaba en Babilonia y en Persépolis. En cada uno de estos lugares tenía un palacio inmenso, lleno de todo tipo de lujos, y a partir de los descubrimientos de los últimos siglos podemos hacernos una idea de cómo debía de haber sido el palacio del gran rey de Persia.
El palacio de Persépolis estaba sobre un terraplén por encima del resto de la ciudad, y todo a su alrededor eran casas de tipo muy simple, donde se alojaban los soldados y los oficiales civiles y militares que solían servir al rey y que comían todos los días a sus expensas. En total debían de ser unos quince mil, incluyendo a los diez mil soldados de la guardia real, los llamados Inmortales.
La puerta del palacio daba a dos espléndidas escaleras de mármol, que se unían al frente de la entrada y eran tan anchas que podían cabalgar por ellas diez jinetes uno junto a otro. De puertas adentro había un edificio cuadrado con una fachada de más de sesenta metros. El vestíbulo de entrada era magnífico, con un tejado apoyado en cien columnas de piedra ricamente labrada, y a cada lado había otras habitaciones con hermosas columnas. En todas direcciones podían verse colores y adornos preciosos de oro y plata. Las paredes estaban cubiertas de esculturas gigantescas que representaban al gran rey Darío I y a Jerjes —que habían construido el palacio— con sus sirvientes, pero también aparecían luchando con monstruos y fieras salvajes. Junto a las esculturas había inscripciones que aún pueden leerse; esta es la traducción del comienzo de una de ellas: Yo soy Darío, el gran rey, el rey de reyes, el rey de todas estas naciones.
Entre las esculturas hay una que representa a Darío sentado en su trono, con un esclavo de pie tras él sujetando en la mano un abanico para espantar las moscas. La boca del esclavo está cubierta con una venda, pues se habría considerado indigno que el augusto soberano respirara el aire contaminado por el aliento del esclavo. Otra escultura representa una audiencia dada a un embajador que, por la misma razón, se tapa la boca con la mano en presencia del rey.
Cuando el gran rey concedía audiencia, se sentaba en un trono de oro con una especie de toldo sujetado por cuatro esbeltas columnas de oro y piedras preciosas. En su conjunto, el efecto era tan espectacular que no podría imaginarse algo más espléndido, incluso en un cuento de hadas. En tales ocasiones, además de todos los días de fiesta, el rey se presentaba con ropa de color púrpura y con un magnífico manto del mismo color ricamente bordado. A la cintura llevaba un cinto de oro, en el que colgaba una espada de oro que relucía gracias a sus piedras preciosas. En la cabeza llevaba la tiara, una especie de gorro puntiagudo típico de los persas. Solo el rey podía llevarlo con la punta hacia arriba, mientras que los súbditos debían achatarla o ponerse el gorro de alguna otra forma. El color de la tiara real era azul y blanco, y a su alrededor iba la corona de oro.
El rey caminaba en contadas ocasiones, y entonces solo dentro del recinto del palacio; en tales ocasiones, se extendían alfombras ante él, y nadie más que el rey podía pisarlas. Cuando iba a montar a caballo, el derecho de ayudarle a subir a la silla era considerado como una gran distinción, y solo se concedía a los nobles más favorecidos del imperio. Sin embargo, con más frecuencia el rey prefería ir en su carruaje, y en esas ocasiones el camino que iba a tomar lo limpiaban con sumo cuidado, y esparcían arrayán como si fuera un festival, y lo llenaban de humo de quemar incienso. Además, estaba lleno de hombres armados a cada lado, y los guardias, provistos de látigos, se encargaban de evitar que nadie se acercara al carruaje real. Si el viaje iba a ser muy largo, se preparaban no menos de mil doscientos camellos y una gran cantidad de carros para llevar las pertenencias del gran rey y sus incontables sirvientes.
A una distancia de unos tres kilómetros desde Persépolis había un gran montón de mármol, y allí Darío I hizo que construyeran su tumba mientras aún estaba vivo. El acantilado era tan abrupto e inaccesible que la única forma de colocar su cuerpo en la tumba fue con unas cuerdas. Después se hicieron otras tres tumbas reales en la misma roca, y tres más en otra no muy lejos.
Todos los persas podían tener muchas esposas, y el gran rey a menudo tenía una cantidad exagerada; por ejemplo, Darío tenía trescientas sesenta, casi tantas como días tiene el año. Aun así, solo una de ellas era la reina: las demás estaban tan por debajo de ella que, cuando se acercaba, tenían que hacerle una reverencia hasta el suelo.
Como todos los persas, el rey comía solo una vez al día, pero esta comida duraba muchísimo tiempo. Se sentaba al centro de la mesa en un asiento con marco de oro y cubierto de ricas telas. A su derecha estaba la reina madre, y a su izquierda, la reina consorte. Los príncipes y los amigos íntimos del rey, los llamados compañeros de mesa, solían comer en una habitación adyacente. Sin embargo, los días de fiesta se les dejaba comer en presencia del rey y, en estas ocasiones, se sentaban en cojines o alfombras puestas en el suelo. El poder del gran rey no estaba restringido por ninguna ley: no había nada por encima de su voluntad. Era un déspota en el sentido más estricto de la palabra, y sus súbditos eran prácticamente sus esclavos, desde el más humilde al más rico, sin excepción ni siquiera de sus más allegados. En todo el mundo había una sola persona a la que debía tratar con todo respeto: su madre.
Algunas respuestas
Quizá tengas preguntas. Aquí las respuestas.
¿El libro es para niños?
Efectivamente, el libro es apto para niños, a partir de unos 12 años, quizá incluso menos.
¿Hay dibujos o imágenes?
El interior del libro es todo texto. La única imagen que hay es la de la portada.
¿Cómo va de políticamente correcto?
El libro es absolutamente políticamente correcto y apto para niños mayorcitos. Por supuesto, hay alguna escena relativamente violenta, pero nada que no hayan visto multiplicado por diez en la tele.
¿Necesito un dispositivo específico para el formato ebook?
No es necesario que tengas un dispositivo Kindle: puedes descargar en tu teléfono, tableta u ordenador la aplicación gratuita de Kindle para leer ahí la obra.
¿Qué diferencia hay entre la versión digital y en papel?
Además de la obvia, ninguna: el contenido en ambas versiones es idéntico.
Si te interesa el tema económico, mi parte de beneficios es la misma en la versión digital y en papel.
No puedo/quiero comprar en Amazon
Por el momento, es la única opción. Lo siento.
¿Tienes más?
De hecho, ¡sí! Desde humanistasenlared.com/libros puedes ver todo lo que tengo publicado, pero te lo pongo más fácil.
Para adultos (y jóvenes interesados):
- El ocaso de los héroes que lucharon en Troya
- Auge y caída de los héroes y reyes de Tebas
- La historia de Cupido y Psique
Estos son los libros juveniles sobre mitología griega que tengo publicados por ahora (¡más en camino!):
¡Y también sobre historia del mundo clásico!
- La historia de los griegos
- La historia de los romanos
- Los grandes griegos de Plutarco
- Los grandes romanos de Plutarco
- La expedición de los diez mil
- Seis historias fascinantes de Heródoto
- Leónidas, Temístocles, Fidias y Sócrates
Y como no solo de clasiqueo vive el hombre, también tengo leyendas medievales adaptadas para todos los públicos:
- La leyenda de Beowulf
- La leyenda de Roncesvalles
- La leyenda de Guillermo Tell y los libertadores de Suiza
- La leyenda de Robin Hood
- La leyenda del rey Arturo y sus caballeros
- La leyenda de Frithjof, el vikingo de Noruega
- La leyenda de Guy de Warwick
- Cuentos de Canterbury
Otra colección es la de historias vikingas:
- Los vikingos: Historia y leyendas de los reyes del mar
- Relatos vikingos
- La leyenda de Frithjof, el vikingo de Noruega
¡Y ahora vamos más allá en la historia!
