
Este libro reelabora seis de los relatos recogidos por Heródoto en sus Historias. En cada uno de ellos, descubrirás un mundo lleno de personajes memorables: desde reyes y tiranos con destinos entrelazados por profecías hasta héroes astutos que desafiaron al destino. Estas narraciones te divertirán y te llevarán a un pasado lejano en que se levantaban imperios que caían por conspiraciones o la ineptitud de sus propios gobernantes, y los misterios de los oráculos marcaban el curso de la historia. Este libro te ofrecerá lecciones atemporales basadas en el pasado, pero que siguen plenamente vigentes en el presente.
Índice de contenidos
El libro, de unas 25 000 palabras de extensión, tiene los siguientes capítulos:
- Arión y el delfín
- El príncipe de los ladrones
- El sueño de Astiages
- Los infortunios de Creso
- La conspiración de los magos
- El anillo de Polícrates
Muestra gratuita
Odio cuando tengo que comprar cosas a ciegas. Por eso quiero que, antes de gastarte un céntimo, puedas ver (además del índice de contenidos, que ya lo acabas de ver) una muestra del contenido y del estilo.
Esta es la primera historia, la de Arión y el delfín:
Sucedió una vez, en los viejos tiempos, que un joven, Periandro de Corinto, partió de un puerto del sur de Grecia para navegar hasta Mileto. Sorprendido por una tormenta, el barco se desvió de su ruta hasta la isla de Lesbos, donde permaneció varios días para reparar los daños causados por la tormenta. Mientras tanto, Periandro desembarcó y se dedicó a vagar por la isla y a observar a sus habitantes. En su deambular, una noche se topó con un grupo de hombres y mujeres, cuya visión le hizo detenerse con el deseo de unirse a ellos. Habían estado trabajando arduamente todo el día, recogiendo las uvas y prensándolas en grandes cubas de madera para extraer el vino por el que Lesbos era famosa.
No era de extrañar que Periandro se quedara a contemplarlos, pues constituían una bella estampa: los apuestos jóvenes, con sus rostros bronceados y sus miembros fuertes y esbeltos, las mujeres con sus alegres vestidos y los pies descalzos, que parecían haber sido hechos para bailar, la colina cubierta de viñas al fondo y, sobre todo ello, el resplandor del sol poniente. En el centro de las bailarinas había un muchacho que tocaba una pequeña cítara de siete cuerdas. Con este acompañamiento, los danzantes entonaban una canción en alabanza a Dioniso, el dios de la vid. Poco a poco, la música se hizo más rápida y alegre, y los pies de los bailarines se movían cada vez más deprisa por el suelo, hasta que se quedaron sin aliento y se echaron a reír sobre la hierba.
Entonces, cuando el muchacho tocó otro acorde, se silenciaron todas las risas y empezó a cantar; era una canción sencilla y lastimera, pero había una magia en su voz que cautivó a los oyentes. Los últimos rayos del sol poniente jugaban con sus rizos dorados e iluminaban su rostro dulce e infantil mientras cantaba.
¿Por qué has de afligirte por mí, amor mío,
cuando me han dejado descansar?
Nuestras vidas son moldeadas por los dioses de arriba,
y ellos saben más.
Aunque yo esté en la orilla más lejana,
otros han cruzado la corriente antes…
¿Por qué llorar en vano?
La vida no es más que una gota en las profundidades;
pronto despertaremos del último y solitario sueño,
y nos encontraremos de nuevo.Cuando la última nota se apagó, los oyentes lanzaron un suspiro; algunas mujeres volvieron la cara y los jóvenes empezaron a hablar apresuradamente, como si quisieran ocultar su emoción.
Periandro esperó hasta que el grupo empezó a disolverse. Entonces se adelantó y puso la mano en el hombro del muchacho. El muchacho levantó la vista con una sonrisa.
—¿Cómo te llamas, mi hermoso cantor? —preguntó Periandro.
—Me llamo Arión —respondió el muchacho, como si estuviera acostumbrado a que le preguntaran—. Vengo de Metimna, más allá de las colinas, donde solía cuidar las cabras. —Y le contó a Periandro que su madre y su padre murieron antes de lo que él pudiera recordar, y que fue criado por un viejo rebaño de cabras, hasta que un rapsoda ambulante, que un día lo oyó cantar en las colinas, se hizo cargo de él y le enseñó a tocar la cítara—. Era una de sus canciones la que estaba cantando —prosiguió Arión—. Siempre le gustó que cantara sus canciones; pero, cuando sea mayor, compondré mis propias canciones y las cantaré en las grandes ciudades por todos los rincones del mar.
—Y así será —dijo Periandro—. ¡Escúchame, Arión! Algún día, tal vez, yo también pueda ser un gran hombre, capaz de ayudarte a convertirte en un gran rapsoda. Recuerda, cuando necesites un amigo, que Periandro de Corinto te ayudará si puede.
Y, cuando partió, Periandro dejó una suma de dinero a un digno matrimonio de ancianos, que prometieron cuidar del muchacho y procurar que no le faltase de nada.
Al cabo de algunos años, Periandro se convirtió en rey de Corinto y, amante de todo lo bello, pronto reunió a su alrededor un pequeño grupo de poetas, artistas y músicos. Un día, mientras escuchaba a uno de los músicos de la corte, algo —podría haber sido un acorde en la música— le recordó al joven lesbio Arión. Le pareció ver de nuevo al niño con la luz dorada en sus rizos y los rostros respingones de los campesinos que se agrupaban a su alrededor, y las mismas palabras de la canción corrieron por su cabeza.
—¡Por Apolo! —gritó, tan repentinamente que el músico casi se cayó de su asiento—. Tendremos al joven lesbio en la corte y lo haremos un poeta famoso. ¿Dónde está Glauco? ¡Eh! Decidle a Glauco que venga a presencia del rey.
Cuando Glauco apareció, el rey le ordenó que tomara un barco y zarpara hacia Lesbos.
—Allí buscarás a un tal Arión, un cantor —le dijo—. Y cuando lo hayas encontrado, di: «Periandro de Corinto necesita a su amigo Arión». Y procura traerlo sano y salvo a Corinto.
Glauco hizo lo que se le había ordenado y a su debido tiempo encontró a Arión, ya convertido en un joven alto y elegante. Arión, al oír el mensaje, consintió en acompañar a Glauco a Corinto, donde fue recibido con gran amabilidad por Periandro. Muy pronto se convirtió en un gran favorito entre los corintios, y todos los músicos le envidiaban su hermosa voz y su habilidad para tocar la cítara. Nadie tenía tanto poder para calmar los arrebatos del rey, ni era solo en la corte donde se conocía su fama de cantor, pues siempre estaba dispuesto a cantar al pueblo, que lo idolatraba y lo llamaba hijo de Apolo. Entre otras cosas, les enseñó la canción y la danza de los lesbios en honor de Dioniso y la vid, que más tarde se convirtió en una de las canciones más famosas de Grecia.
Arión permaneció muchos años con Periandro, que lo honraba y lo colmaba de costosos regalos. Su fama se extendió hasta Italia y Sicilia, y recibió muchas peticiones para que fuera a cantar a la gente de allí. Finalmente, decidió emprender el viaje, no solo por la curiosidad de conocer nuevos países, sino también porque había oído hablar de las canciones que cantaban los pastores sicilianos y tenía un gran deseo de estudiarlas. Periandro trató de disuadirle, pero, al verle decidido, le ayudó en sus preparativos y, al partir, le exigió la promesa de que regresaría a Corinto.
El joven Arión viajó durante mucho tiempo por Italia y Sicilia y amasó una gran fortuna con su canto. Pero, cansado de la vida errante, se dirigió a Tarento en busca de un barco que lo llevara de vuelta a Corinto. Había dos o tres barcos listos para emprender el viaje, entre ellos uno llamado Nausícaa, tripulado por corintios. Eligió esta nave algo nervioso por la gran suma de dinero que llevaba y pensando que podía confiar más en los corintios, a quienes conocía, que en una tripulación de extranjeros. La Nausícaa era una embarcación de aspecto extraño, con una sola vela y largos remos tirados por hombres sentados en bancos a lo largo del costado. La proa, tallada para representar a la doncella Nausícaa, sobresalía bastante del agua, y los baluartes descendían en una graciosa curva para elevarse de nuevo en la popa, donde el capitán, de pie, trazaba el rumbo por medio de un ancho remo que colgaba de la borda.
El viaje comenzó felizmente: el viento era favorable y el capitán y la tripulación mostraban toda su deferencia y cortesía. Pero cuando ya estaban en alta mar, el comportamiento de la tripulación cambió; respondían a las preguntas de Arión con escasa cortesía y mantenían muchas conversaciones en voz baja que, por las negras miradas que le lanzaban, le hacían dudar de su seguridad. La segunda noche, al despertarse de un sueño ligero, los oyó conspirar para arrojarle por la borda y repartirse entre ellos sus riquezas. Arión se levantó y les imploró que no llevaran a cabo su malvado propósito, ofreciéndoles entregar todas sus riquezas si le perdonaban la vida. Sus ruegos y promesas fueron en vano.
—Te damos a elegir —dijo el capitán con ferocidad—: o te lanzas al mar de inmediato o te matas de otra manera y te enterraremos decentemente en la orilla.
Abandonando sus vanas súplicas de clemencia, Arión les rogó, como último favor, que le dejaran cantar una vez más antes de morir.
—No nos negaremos —respondió el capitán—, pero, si piensas conmovernos con tus lamentos, te aseguro que pierdes el tiempo. —En realidad, no le disgustaba tener la oportunidad de escuchar al cantante más famoso del mundo.
Arión se puso sus vestiduras sagradas, con las que solía cantar en el templo de Apolo, y, cogiendo su cítara, se dirigió con paso firme a la proa del navío. Allí se quedó, pálido y tranquilo, a la luz plateada de la luna, con sus cabellos rubios jugueteando con el viento, mientras las pequeñas olas se levantaban para mirarle y luego corrían juguetonas hacia la sombra del barco para estrellarse contra los tablones y romperse en rocío. Los marineros se asombraron a pesar suyo cuando aquella hermosa voz se elevó en la brisa. Cantaba la vieja canción que había cantado en los viñedos de Lesbos, cuando Periandro lo vio por primera vez. Y cuando llegó a los últimos versos,
la vida no es más que una gota en las profundidades;
pronto despertaremos del último y solitario sueño,
y nos encontraremos de nuevoArión saltó por la borda del barco tal y como estaba.
El capitán, temiendo que algún miembro de la tripulación se animara a prestarle ayuda, dio la orden de avanzar a toda velocidad. Si hubiera esperado, habría visto un espectáculo maravilloso, pues, al caer Arión al mar, el agua pareció cobrar vida bajo él, y sintió que lo levantaba y lo alejaba rápidamente del barco. Entonces descubrió que estaba sentado a horcajadas sobre un gran pez negro que nadaba muy deprisa por encima del agua, y supo que debía de ser un delfín que se había sentido atraído por su canto, pues los delfines, a diferencia de la mayoría de los seres que viven en el mar, tienen el oído agudo y son muy aficionados a la música.
Tocó su cítara para ver si las cuerdas habían sufrido por el agua y, al hacerlo, el gran lomo del animal se estremeció bajo él. Comprendiendo, pues, que al delfín le gustaba la música, y pensando que le debía algo por haberle salvado la vida, Arión se puso a cantar y entonó una canción tras otra; cada vez que se detenía, el delfín dejaba de nadar, como preguntando la razón; y cuando Arión volvía a empezar, el delfín saltaba por el agua con grandes brazadas de su ancha cola. Habría sido un espectáculo extraño, si hubiera habido alguien allí para verlo.
Pero el delfín se dirigió directamente a mar abierto, donde no se veían barcos, pues los marineros de entonces no querían perder de vista la costa y navegaban alrededor de una gran bahía en vez de cruzarla directamente. Así fue como Arión llegó a Ténaro, en Grecia, sin haber sido visto por ningún hombre. El delfín lo llevó cerca de la orilla, donde se despidió de él y lo vio alejarse nadando desconsoladamente.
Desde Ténaro se dirigió a pie a Corinto. Periandro se alegró mucho de volver a verle y, cuando se mostró maravillado del extraño traje con el que Arión había viajado, este le contó toda la historia.
Periandro escuchó atentamente y, cuando terminó, comentó con gravedad:
—¿Tan poco satisfecho estás de tus victorias sobre los músicos, Arión, que has decidido ser también rey de los contadores de cuentos?
—¿Pretendes, oh, rey, poner en duda mi historia? —preguntó Arión.
—¡Ni mucho menos! —respondió Periandro—. La historia me agrada y, si me cuentas otra igual, me esforzaré por creerla también.
—¡Entonces Zeus sea mi testigo! Encontraré los medios para probarlo —exclamó Arión.
—¿No he dicho que no dudaba? —preguntó Periandro—. Sin embargo, me gustaría ver la prueba. Yo apuesto la corona, y tú, la cítara.
—¡Que así sea! —dijo Arión—. Pero antes debo pedirte, rey, que nadie hable de mi regreso; y cuando la nave Nausícaa llegue a puerto, ¡que se trate a los marineros como yo disponga!
El rey asintió riendo, pues consideraba el cuento imposible. Al cabo de unos días, sin embargo, se anunció que el barco Nausícaa estaba en el puerto. Periandro llamó a palacio al capitán y a toda la tripulación y les preguntó si habían traído noticias del músico Arión. El capitán respondió que en Tarento decían que Arión seguía en Italia, viajando de un lugar a otro y siendo recibido en todas partes con gran honor. El resto de los marineros confirmaron la historia, y uno de ellos añadió que se decía que Arión prefería Italia a Grecia, y que tampoco tenía intención de regresar a Corinto.
En ese momento, se descorrió una cortina y apareció Arión, de pie, con sus vestiduras sagradas y la cítara en la mano, tal como lo habían visto por última vez en la proa del barco. Los marineros, suponiendo que veían su espíritu, se aterrorizaron y cayeron a los pies del rey, confesando toda su maldad y suplicando clemencia. Pero Periandro, lleno de indignación, los rechazó airadamente. Arión se interpuso, instando al rey a ser misericordioso, ahora que los marineros habían visto su maldad y estaban dispuestos a pagar la pena. Periandro, sin embargo, no quiso oír hablar de misericordia.
—Tu compasión da testimonio de tu noble espíritu, Arión —replicó—, pero estos hombres han planeado un asesinato de lo más cruel y cobarde, y sufrirán cruelmente por ello. Agarradme a estos hombres, guardias, y atadlos.
Los guardias se acercaron y empezaron a llevarse a los temblorosos desgraciados.
—¡Quietos! —exclamó Arión—. Soy yo el rey. ¿No apostaste tu corona contra mi cítara? ¿No romperás la palabra de un rey? ¡Atrás, guardias! Gané yo la apuesta.
Periandro no pudo contener la risa, pero se confesó vencido por aquella estrategia inesperada.
—El ingenio de Arión —dijo—, es más fuerte que las lágrimas del arrepentimiento. Liberad a los prisioneros.
—Siendo así —dijo Arión—, y viendo que me siento mejor con la cítara, devolveré la corona real a Periandro.
Así pues, los hombres fueron puestos en libertad después de haber restituido las propiedades de Arión, y partieron llenos de gratitud, invocando bendiciones sobre su cabeza.
Y para que nadie pudiera dudar de la veracidad de la historia en tiempos venideros, Arión erigió en Ténaro una estatua de bronce que representaba a un hombre cabalgando a lomos de un delfín.
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- El ocaso de los héroes que lucharon en Troya
- Auge y caída de los héroes y reyes de Tebas
- La historia de Cupido y Psique
Estos son los libros juveniles sobre mitología griega que tengo publicados por ahora (¡más en camino!):
¡Y también sobre historia del mundo clásico!
- La historia de los griegos
- La historia de los romanos
- Los grandes griegos de Plutarco
- Los grandes romanos de Plutarco
- La expedición de los diez mil
- Seis historias fascinantes de Heródoto
- Leónidas, Temístocles, Fidias y Sócrates
Y como no solo de clasiqueo vive el hombre, también tengo leyendas medievales adaptadas para todos los públicos:
- La leyenda de Beowulf
- La leyenda de Roncesvalles
- La leyenda de Guillermo Tell y los libertadores de Suiza
- La leyenda de Robin Hood
- La leyenda del rey Arturo y sus caballeros
- La leyenda de Frithjof, el vikingo de Noruega
- La leyenda de Guy de Warwick
- Cuentos de Canterbury
Otra colección es la de historias vikingas:
- Los vikingos: Historia y leyendas de los reyes del mar
- Relatos vikingos
- La leyenda de Frithjof, el vikingo de Noruega
¡Y ahora vamos más allá en la historia!
