
Guy es el hijo del mayordomo del conde que vive en el castillo de Warwick, en Inglaterra. Pese a su nacimiento humilde, se enamora de Phyllis, la noble y hermosa hija del conde.
Sin embargo, ella no está dispuesta a casarse con un hombre pobre y sin fama. Por tanto, Guy saldrá a buscar el tipo de aventuras características de los caballeros medievales para hacerse merecedor de la mano de su amada.
Participará en torneos, se enfrentará a monstruos y gigantes, luchará contra ejércitos enemigos…
Esta publicación narra de forma ligera y simple algunas de las aventuras de Guy de Warwick, personaje poco conocido en países hispanohablantes pero característico de historias inglesas y francesas. Se trata de una traducción de la versión de H. E. Marshall, bien conocida entre el público angloparlante por sus obras de historias y leyendas para niños.
Índice de contenidos
El libro, de unas 16 000 palabras de extensión, tiene los siguientes capítulos:
- Cómo un noble acabó de mayordomo
- La historia de Guy y Phyllis
- El Torneo Blanco
- La vaca parda
- Cómo Guy se enfrentó a quince villanos
- El asedio de Arrascoun
- Guy y su león
- Cómo Guy regresó a casa, y cómo volvió a marcharse
- Cómo Guy luchó con el gigante Ameraunt
- Cómo Guy luchó con el gigante Colbrand
- Cómo Guy regresó finalmente a casa
Muestra gratuita
Odio cuando tengo que comprar cosas a ciegas. Por eso quiero que, antes de gastarte un céntimo, puedas ver (además del índice de contenidos, que ya lo acabas de ver) una muestra del contenido y del estilo.
Este es el primer capítulo, «Cómo un noble acabó de mayordomo»:
Hace mucho, mucho tiempo, Inglaterra no era un solo reino como lo es ahora. Estaba dividida en varios reinos, cada uno con un rey. Uno de estos reinos se llamaba Northumbria; otro se llamaba Wessex.
El rey de Wessex quería hacerse rey de toda Inglaterra, así que reunió un ejército y fue a luchar contra el rey de Northumbria.
Cuando el rey de Northumbria se enteró de que el rey de Wessex iba a luchar contra él, también reunió a sus soldados. Se libró una gran batalla en la que el rey de Northumbria fue derrotado y obligado a reconocer al rey de Wessex como su amo y señor.
Entre los nobles que lucharon por el rey de Northumbria había uno llamado Gordiano. Era un gran señor. Vivía en un castillo y tenía muchas tierras y dinero, así como muchos sirvientes y soldados.
Gordiano luchó bien y con valentía por su rey, pero al final todos sus soldados murieron o fueron hechos prisioneros, y él mismo escapó con vida por los pelos. Después de la batalla, mientras yacía herido y cansado, le llegó un mensajero. Este mensajero fue a decirle que, mientras él había estado fuera luchando, los soldados del rey de Wessex habían atacado su castillo: tras un terrible asedio, lo habían tomado. Habían robado todo su dinero y sus bienes, sus sirvientes habían desaparecido o resultado muertos, y su castillo había quedado arrasado hasta los cimientos.
Cuando lord Gordiano oyó estas noticias, se tapó la cara con las manos y se lamentó.
El mensajero esperó en silencio.
—Y mi esposa, lady Brunilda… ¿Qué hay de ella? —dijo por fin lord Gordiano, mirando impaciente al mensajero, que casi temía contestar.
—Fue ella quien me envió, señor —respondió el hombre—. Me pidió que os dijera que, cuando el castillo no pudo resistir más al enemigo, huyó por caminos secretos a la cueva que vos conocéis. Está a salvo y allí aguarda vuestra llegada.
—Mi buen mensajero —dijo Gordiano con alegría—, estas buenas noticias superan con creces a las malas. Ve, y que Dios te acompañe, pues hoy me has alegrado el corazón.
Lord Gordiano recompensó entonces al mensajero tan bien como pudo y, montando en su caballo de guerra, que era todo lo que le quedaba en el mundo, se dirigió a casa. Tuvo que ir despacio, pues aún estaba débil y aquejado de las terribles heridas que había recibido en la batalla, por lo que tardó muchos días en llegar.
Por fin, una tarde, justo cuando el sol se ponía, llegó a la cima de una colina desde la que podía ver su castillo. Detuvo su caballo. Los ojos se le llenaron de lágrimas al mirar. Ante él estaba su casa, con los muros negros y en ruinas; el hermoso jardín, donde Brunilda y él solían pasear juntos, pisoteado y destruido; las flores que ella había amado, aplastadas y destrozadas.
Era un panorama desolador. Lord Gordiano se sentó en un banco cubierto de hierba muy compungido. Apoyó la cabeza en la mano y miró entre lágrimas las ruinas de su hogar.
Pero, mientras estaba allí sentado, alguien se acercó silenciosamente por detrás, alguien que le rodeó el cuello con los brazos y apoyó la mejilla en la suya. Era Brunilda.
—Gordiano, Gordiano —susurró—, por fin has vuelto a mí.
¡Qué feliz estaba Gordiano! Nada parecía importar ahora que Brunilda y él estaban juntos de nuevo. Durante largo rato estuvieron sentados y conversando. El sol rojo se ocultaba tras las colinas, y ellos seguían sentados juntos. Tenían mucho que decirse, y Gordiano se estremeció al oír hablar de los muchos peligros por los que Brunilda había pasado durante su ausencia.
—Y sin embargo —dijo tristemente—, debo dejarte de nuevo. Ahora no tengo ni dinero ni tierras. No tengo nada más que mi espada, que debo llevar a países lejanos y allí ganar fama y riquezas para poder hacer de ti, una vez más, una gran dama.
—¡Ay, no! ¡Ay, no! —gritó Brunilda—. No me abandones de nuevo. Déjame ir adonde tú vayas. Prefiero ser la mujer más pobre del país y estar contigo que ser rica y grandiosa y estar lejos de ti. Si debes ir, llévame contigo.
—No puedo —respondió Gordiano con tristeza—. Ni el campamento de un soldado ni el campo de batalla son lugar para una gentil dama. Pero no será por mucho tiempo: pronto ganaré fama y fortuna y volveré a casa contigo.
—¿Qué he de hacer mientras tanto? —preguntó Brunilda, negando con la cabeza—. ¿Adónde he de ir? No me queda nadie más que tú. Has de llevarme contigo. No quiero ser una gran dama. No me importa lo pobre que sea, si tan solo me permites quedarme contigo.
Gordiano amaba mucho a Brunilda. No quería dejarla, así que al final le prometió que ella iría adonde él fuera.
—¿Pero adónde iremos primero? —preguntó.
—Ya lo sé —dijo Brunilda—: iremos a ver al rey de York. Dicen que es bueno y sabio. Tal vez te devuelva algunas de tus tierras, pues solo hiciste lo que te pareció correcto al luchar por tu propio rey.
—Iremos al menos a preguntarle —dijo Gordiano.
Y a la mañana siguiente se pusieron en camino. Brunilda cabalgaba sobre un caballo de guerra, que avanzaba orgulloso como si se alegrara de tener una dama tan bella a la que llevar. Gordiano caminaba a su lado sujetando la brida.
Eran tan felices como dos niños de vacaciones. Es cierto que eran muy pobres. En todo el mundo no poseían nada salvo las ropas que llevaban. Sin embargo, mientras caminaban, reían y cantaban porque se querían y estaban juntos.
A veces atravesaban grandes bosques. Allí, Gordiano y Brunilda paseaban cogidos de la mano mientras el caballo los seguía tan mansamente como un cordero. Apoyaba el hocico en el hombro de Brunilda, y ella recogía flores silvestres y le colgaba coronas de tomillo alrededor del cuello orgullosamente arqueado, mientras Gordiano le colocaba a ella flores en el pelo.
A veces dormían bajo los grandes árboles; a veces, en la cabaña de un pobre; a veces, en el castillo de un rico señor. En aquellos tiempos no había posadas, y los viajeros eran bienvenidos en todas partes. Así pues, la gente era amable con ellos, dándoles comida y cobijo. Y el bello rostro y la alegre sonrisa de Brunilda hacían que todos la quisieran allá donde iba.
Por fin, llegaron al final de su viaje y alcanzaron la ciudad de York. Pero el rey ya no estaba allí. Se había ido a Winchester.
Brunilda se sintió muy decepcionada. A pesar de todas sus canciones y sonrisas alegres, era fácil ver que estaba cansada del largo viaje. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se las quitó, y volviéndose hacia Gordiano con una sonrisa valiente, dijo:
—No importa: seguiremos al rey.
Así, descansaron uno o dos días en casa de unas personas amables y luego emprendieron de nuevo la marcha.
Brunilda seguía cantando y sonriendo, pero estaba muy cansada. Su rostro palidecía y sus ojos parecían siempre cansados. El corazón de Gordiano se entristecía al verla. Pero siguieron adelante.
Un día, hacia el mediodía, llegaron a un gran castillo cerca de la ciudad de Warwick. Como era su costumbre, Gordiano llamó a la puerta y preguntó si el señor del castillo daría de comer a dos cansados viajeros por amor de Dios, ya que no tenían dinero con que comprar comida.
—Sí, por supuesto —respondió el hombre que les abrió la puerta—, pero aquí tenemos problemas.
—¿Qué tipo de problemas? —preguntó Gordiano.
—Nuestro mayordomo acaba de morir. Mi señor Rohand lo apreciaba mucho y está muy apenado. No sabe a quién poner en su lugar. Pero, vamos, la cena está ya servida.
Brunilda y Gordiano entraron en el gran comedor del castillo de Warwick. Tomaron asiento cerca del extremo más humilde de la mesa, entre los otros pobres forasteros y los criados. En aquellos días, todos cenaban juntos en la misma sala. Los poderosos se sentaban en un extremo de la mesa, y los pobres, en el otro.
Gordiano estuvo muy pensativo durante toda la comida. Cuando terminó, se levantó y caminó por la larga sala hasta el lugar donde estaba sentado el conde Rohand. Se arrodilló y exclamó:
—Concededme un favor, mi señor.
—¿Qué favor quieres pedir? —dijo lord Rohand, mirando sorprendido al extraño arrodillado y a la hermosa dama que estaba detrás de él, pues Brunilda había seguido a su marido.
—Hacedme vuestro mayordomo —dijo lord Gordiano—. Juro serviros bien y fielmente.
—Pero sin duda tú no eres mayordomo —dijo lord Rohand, aún más sorprendido—. Por tus pintas, pareces un gran noble.
—Sí —dijo Gordiano, levantándose y mirando con orgullo al conde—, soy lord Gordiano de Northumbria. He perdido todo lo que tenía luchando por mi rey. De todas mis riquezas solo me queda mi querida esposa. Los dos hemos vagado por el mundo para buscar fortuna juntos. Pero mi esposa es una gentil dama poco acostumbrada a esta vida tan dura. Ya está cansada y enferma: no puede seguir viajando. Nombradme vuestro mayordomo, y prometo serviros tan fielmente como pueda.
El conde Rohand seguía dudando, pero, cuando miró el rostro pálido y dulce de Brunilda, se le conmovió el corazón.
—Serás mi mayordomo —dijo—, y tú y tu señora viviréis en la casa del mayordomo a las puertas del castillo.
Así pues, lord Gordiano se convirtió en mayordomo del conde Rohand, y él y Brunilda vivieron felices juntos el resto de sus vidas en la casa del mayordomo a las puertas del castillo de Warwick.
La leyenda de Guy de Warwick, de H. E. Marshall y Paco Álvarez
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Algunas respuestas
Quizá tengas preguntas. Aquí las respuestas.
¿El libro es para niños?
Efectivamente, el libro es para niños, a partir de unos 9 años.
¿Hay dibujos o imágenes?
El interior del libro es todo texto. La única imagen que hay es la de la portada.
¿Cómo va de políticamente correcto?
Más o menos, aunque en la propia sinopsis del libro se dejan ver los típicos estereotipos de la época respecto de hombres y mujeres.
¿Puedo probar antes de comprar?
Sí: prueba este fragmento con el primer capítulo completo para ver si es el estilo que esperas.
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Además de la obvia, ninguna: el contenido en ambas versiones es idéntico.
Si te interesa el tema económico, mi parte de beneficios es la misma en la versión digital y en papel (céntimo arriba, céntimo abajo).
No puedo/quiero comprar en Amazon
El libro es autoeditado y autopublicado y por el momento solo está disponible en Amazon porque es ahí donde lo he autopublicado. Por el momento no tengo pensado publicarlo en ninguna otra plataforma. 🤷♂️
El audiolibro sí está fuera de Amazon, por lo que puedes comprarlo sin pasar por ahí.
¿Tienes más?
De hecho, ¡sí! Desde humanistasenlared.com/libros puedes ver todo lo que tengo publicado, pero te lo pongo más fácil.
Para adultos (y jóvenes interesados):
- El ocaso de los héroes que lucharon en Troya
- Auge y caída de los héroes y reyes de Tebas
- La historia de Cupido y Psique
Estos son los libros juveniles sobre mitología griega que tengo publicados por ahora (¡más en camino!):
¡Y también sobre historia del mundo clásico!
- La historia de los griegos
- La historia de los romanos
- Los grandes griegos de Plutarco
- Los grandes romanos de Plutarco
- La expedición de los diez mil
- Seis historias fascinantes de Heródoto
- Leónidas, Temístocles, Fidias y Sócrates
Y como no solo de clasiqueo vive el hombre, también tengo leyendas medievales adaptadas para todos los públicos:
- La leyenda de Beowulf
- La leyenda de Roncesvalles
- La leyenda de Guillermo Tell y los libertadores de Suiza
- La leyenda de Robin Hood
- La leyenda del rey Arturo y sus caballeros
- La leyenda de Frithjof, el vikingo de Noruega
- La leyenda de Guy de Warwick
- Cuentos de Canterbury
Otra colección es la de historias vikingas:
- Los vikingos: Historia y leyendas de los reyes del mar
- Relatos vikingos
- La leyenda de Frithjof, el vikingo de Noruega
¡Y ahora vamos más allá en la historia!
