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«El ocaso de los héroes que lucharon en Troya» de W. M. L. Hutchinson (traducción y adaptación de Paco Álvarez)

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La Ilíada de Homero cuenta unos pocos días del último año de la guerra de Troya, pero en ella no se recogen muchos famosos episodios como la muerte de Aquiles, la estratagema del caballo o la captura final de la ciudad, ni otros algo menos conocidos.

Después de recordar la historia de las causas de la guerra y lo sucedido hasta los funerales de Héctor —el final de la Ilíada—, este libro narra las historias de los aliados que acudieron en auxilio de los troyanos, la muerte de Aquiles, el juicio por la disputa de sus armas, el rescate de Filoctetes, el poseedor del arco y las flechas de Heracles sin las cuales los griegos no podrían triunfar, y la toma final de Troya, por supuesto mediante la famosa estratagema del caballo.

La historia no termina ahí, ya que se revelará el destino de Teucro, el hermano de Áyax, y cómo acabó en Egipto, donde encontró nada más y nada menos que a la verdadera Helena, que nunca había estado en Troya. Hasta allí llegó también Menelao, y él también encontró a la verdadera Helena, que consiguió ingeniárselas para escapar del rey egipcio y volver con Menelao.

Por último, se incluye el regreso de Agamenón a casa y su funesto destino a manos de su esposa Clitemnestra.

No estamos ante un ensayo, ni ante una obra que se limita a ser un resumen de las obras en que se basa; tampoco es una novela mitológica (retelling). Probablemente lo más adecuado sería decir que es un relato en prosa que reúne, homogeneiza y allana los contenidos de las fuentes antiguas.

Aunque la autora original no cita las fuentes, puede darse el siguiente índice:

  • Poshoméricas, de Quinto de Esmirna
  • Áyax, de Sófocles
  • Filoctetes, de Sófocles
  • Eneida, de Virgilio
  • Helena, de Eurípides
  • Agamenón, de Esquilo
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Lo que ocurrió tras la Ilíada, siguiendo las fuentes antiguas

Este es el índice del libro:

  1. Prólogo
    • Cómo una manzana llevó la guerra a la ciudad de Troya
    • Lo que ocurrió durante la guerra hasta los funerales de Héctor
  2. Los aliados que acudieron ante el rey Príamo
    • Las amazonas acuden en auxilio de Troya
    • La aventura de Heracles y las amazonas
    • El duelo entre Aquiles y Pentesilea
    • La llegada de Memnón, un nuevo aliado de los troyanos
  3. El final de Aquiles
    • La muerte de Antíloco
    • El duelo entre Aquiles y Memnón
    • La muerte de Aquiles
    • El funeral de Aquiles
  4. La competición por las armas de Aquiles
    • El juicio de las armas
    • Cómo Atenea se encargó de Áyax
    • Áyax vuelve en sí
    • La muerte de Áyax
    • Cómo Teucro actuó tras la muerte de su hermano
  5. El retorno de Filoctetes
    • Las tres cosas que necesitan los griegos para tomar Troya
    • Odiseo y Neoptólemo van a Lemnos
    • Neoptólemo sigue el plan para conseguir la ayuda de Filoctetes
    • Cómo Filoctetes acabó convencido de ir a Troya
    • La muerte de Paris
  6. La toma de Troya
    • El misterio del caballo de madera
    • La muerte del rey Príamo
    • El destino de Eneas
    • El destino de las troyanas y la partida de los griegos
  7. Los viajes de Teucro
    • La partida de Teucro
    • El destino de Teucro
  8. La maravilla que acaeció en Egipto
    • La verdadera Helena
    • Menelao encuentra a Helena
    • Cómo Helena y Menelao escaparon de Egipto
  9. El retorno de Agamenón
    • Clitemnestra se entera del regreso de Agamenón
    • Clitemnestra da la bienvenida a Agamenón
    • Las profecías de Casandra
    • La muerte de Agamenón
  10. Epílogo

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Fragmento de prueba

A continuación tienes buena parte del principio de la obra, para que puedas ver cómo es el estilo, etc.

Príamo, rey de Troya, era reconocido por todas las tierras del este por su larga vida llena de prosperidad con que los dioses lo habían bendecido. Cuarenta años llevaba reinando y aún estaba en la flor de la vida (era aún un niño cuando había heredado el reino), y en todos esos años todo había marchado sin problemas.

De murallas para dentro había paz, y en sus fronteras había abundancia; su pueblo era leal y floreciente, sus amplias heredades eran ricas en grano y aceite, y sus rebaños, tan numerosos como las arenas del mar; pero en ninguna otra cosa era tenido por más afortunado que en la cantidad de maravillosos hijos que Hécuba, la reina, le había dado.

Cuando ya había dado a luz a ocho hijos y a cuatro hijas, la reina soñó que hacía nacer una antorcha en llamas; y los adivinos, al ser convocados para interpretar el sueño, declararon unánimemente que el hijo que esperaba causaría el incendio de Troya, que consumiría tanto a la ciudad como al pueblo.

No mucho después, efectivamente dio a luz a un hijo; y el rey Príamo, por miedo a esa profecía, mandó a un esclavo de su confianza que se llevara al bebé en secreto al gran monte llamado Ida, cuya falda da a la llanura de Troya, y que lo abandonara allí para que muriera; y para que la reina no sufriera más de lo necesario, hizo que las sirvientas le dijeran que el niño había nacido muerto.

El esclavo se llevó al recién nacido, tal y como se le había ordenado, pero, cuando estaba a punto de dejarlo en la fría colina, con el corazón lleno de piedad, se lo llevó a unos pastores que vivían en el Ida, haciendo como que se había encontrado al bebé por casualidad. La mujer de uno de estos pastores, conmovida de compasión, tomó al expósito y lo crio como si fuera suyo, pues ella misma no podía tener hijos.

De esta forma, el hijo del rey, a quien sus padres de adopción nombraron Paris, creció entre los valles del montañoso Ida con los pastores por compañeros; pero, aunque criado de forma rústica, el delicado donaire del muchacho y su apuesto porte eran más bien dignos de un palacio.

Además, tenía el don de una pronta y persuasiva labia, una voz tan musical como una cascada y una sonrisa que derretía los corazones como si fueran nieve; pocos de sus compañeros eran capaces de negarle nada, y se decía que Paris era como el zorro que convenció al cuervo. Y no era solo a estos personajes rústicos a los que podía convencer de cualquier cosa, como se verá muy pronto…

Entre los valles del Ida hay uno más encantador que todos los demás, y más solitario, pues está cerca de la cumbre, y sus escarpadas laderas están llenas de densos pinos que hacen como de muralla. En lo alto del valle va bajando un arroyo, que entre las rocas, piedras y helechos va rociándolo todo de agua. Muy aguzada hay que tener la vista, y un pie muy firme, para trepar hasta allí, y pocos o ninguno de los pastores había encontrado nunca el único camino al hermoso césped de aquel valle.

Pero Paris lo había encontrado al ir vagando sin rumbo un día de verano, y también se dio cuenta de que no estaba desierto del todo. Era el refugio de una divinidad, una de esas ágiles y tímidas hijas de las grutas y las montañas a quienes los hombres llamaban oréades: de hermosos brazos, grácil, alta, con cabello moreno y ondulado, allí estaba ante aquel intruso, medio enfadada, medio asustada, balanceándose un poco, como un joven abedul se balancea con la brisa, y sus ojos eran como oscuros lagos de montaña que la brisa ha agitado.

Paris le habló zalamero con aquella voz de plata para que se quedara, para que lo escuchara, para que le dijera quién era ella, mientras le hacía señas con delicadeza, como se tranquiliza a un cervatillo asustado, hasta que, con la tímida gracia de un cervatillo, se acercó y se acercó aún más, y lo miró a los ojos sonrientes, maravillada.

—Soy Enone, hija de Ida —dijo en voz baja—. Y tú, creo, debes de ser el joven Apolo, el más bello de los dioses que habitan los cielos, pues he oído que su cabello soleado le llega hasta los hombros, igual que el tuyo, y que sus ojos también son de esmeralda, y que le gusta disfrazarse de pastor.

Entonces Paris, riendo, le dijo que no era inmortal, sino el pastorcillo que parecía ser, que guardaba el rebaño de su padre, campesino, en las colinas, salvo cuando se ausentaba un día, como estaba haciendo en aquel momento. Y encontró mucho más que contarle; tanto, que las horas doradas de aquel día de verano se esfumaron antes de que lo supieran. Había anochecido cuando Paris abandonó la cañada, susurrando que volvería; y cuando se fue, el corazón de la oréade se fue con él.

A partir de entonces, toda la dicha de Enone residía en sus visitas, que fueron muchas, pues podía pasar el tiempo como quisiera, sin que sus cariñosos padres adoptivos se lo impidieran ni cuestionaran. Alegres como niños, Enone y su nuevo compañero de juegos jugueteaban en los prados, o se tejían guirnaldas de flores silvestres; o ella le mostraba la guarida del zorro de las colinas, donde —puesto que todos los animales salvajes conocían y amaban a Enone—la madre les permitía acariciar a sus peludos y retozones cachorros. Al sofocante mediodía, sin embargo, buscaban cogidos de la mano algún rincón fresco entre las rocas, o algún hueco musgoso bajo los pinos, y se quedaban dormidos al arrullo del riachuelo.

Así pasó el verano, hasta que una mañana Paris encontró a su dulce amiga llorando y, desconsolado, le preguntó qué la afligía.

—Por desgracia —respondió ella entre lágrimas—, he oído noticias de algo que nos separará a ti y a mí.

—Nada nos separará —exclamó él con audacia.

—Nada, mientras me ames —murmuró ella—, pero mi corazón teme que pronto dejarás de amarme.

—Mi boba Enone —dijo Paris con ternura—, ¿has olvidado lo que te he jurado tantas veces y tan seriamente? ¿Debo poner una vez más a los dioses por testigos de que en toda mi vida no tendré más amor ni pareja que tú?

—¡No, no lo jures! —exclamó Enone—. Dicen que los dioses se ríen de los perjurios de los amantes y no se vengan de la ruptura de los votos hechos con cariño… y, sin embargo, tengo miedo de que te suceda algo malo si juras en falso.

—Ponme a prueba, pues —respondió Paris, sonriendo—. Ven conmigo ahora mismo a mi casa, y hoy mismo nos casaremos. Por orden tuya he mantenido nuestros encuentros en secreto (nadie se imagina que una hija de Ida se haya rebajado a amarme a mí), pero ahora, ya que dudas de mi fe, deja que te la demuestre lo mejor que puede hombre alguno.

—Debes demostrarlo, en efecto —suspiró la oréade—, pero no así, mi amor. Ahora escucha mis palabras. Cuando desperté al amanecer, un arcoíris cubría la cañada, y bajo su arco vi a Iris, la mensajera, agitando sus alas multicolores. En su mano llevaba una manzana que brillaba como el oro puro. Me llamó por mi nombre y, sosteniendo la maravillosa fruta, me dijo: «Enone, esto apareció ayer sobre la mesa donde todos los dioses honraron con su presencia el banquete nupcial de un mortal muy favorecido. A esa fiesta acudió también una invitada sin invitación, no bienvenida, la misma Discordia, odiada por los dioses y los hombres; ella fue la que arrojó esta manzana, gritando: “¡Para aquella cuyo título lleva!”, y así se marchó con una risa maligna. Pero en la manzana estaba grabado para la más bella, y surgió un fuerte debate sobre cuál de las diosas debía tomarla, hasta que tres que sobresalen en belleza divina se levantaron y la reclamaron, concediéndoles el resto la preeminencia. Estas tres eran Hera, Atenea y Afrodita, entre las cuales ninguno de los dioses se atrevería a juzgar, según decían. Entonces habló el rey Zeus: “Haremos juez a un mortal; así frustraremos el intento de la aborrecida Discordia de sembrar enemistades y rencores entre nosotros. Este juez debe ser prudente, pero sencillo; un extraño a los tribunales y a las ciudades, pero no un patán; tampoco debe conocer ni ser conocido por ninguna de las tres diosas. Un juez así declarará lo que piensa sin miedo ni favoritismos, y tal es Paris, el pastorcillo del monte Ida”».

Al oír estas palabras, Paris lanzó un grito de asombro.

—¡Yo, juez de diosas! —exclamó—. ¿No has soñado todo esto, Enone? Niegas con la cabeza y suspiras… ¡Ah, ahora comprendo lo que te ha hecho dudar de mí: crees que la visión de estas hermosas moradoras del cielo apartará mi corazón de ti! Yo te digo que, si ciertamente se me hace a mí juez de la más bella, esa manzana es tuya: ninguna diosa de todas ellas puede rivalizar en hermosura con mi reina del bosque.

—Calla, calla —murmuró la oréade, poniéndole un dedo en los labios—. No sabes lo que dices. Como la luz de una luciérnaga al esplendor de la luna, así es toda la belleza de los terrestres a la de los celestiales. Escucha mis palabras hasta el final. Iris dijo además que por orden de Zeus las tres diosas estarían pronto aquí; me ordenó que te preparara para tu gran tarea y te diera el maravilloso premio que has de otorgar.

Dicho esto, sacó de su seno la manzana de la Discordia y se la puso en la mano al joven. Era de oro purísimo y olía a ambrosía, pues era una fruta mágica que crecía en el árbol de las Hespérides, custodiado por el dragón. De allí lo había robado la Discordia sin que la viera el insomne guardián, pues la muy malvada vuela invisible a su antojo, y se le había ocurrido cómo podía usarse para suscitar disputas entre los bienaventurados dioses.

Paris leyó en voz alta la inscripción de su reluciente piel y, entre bromas y veras, habría querido deslizarla de nuevo en la mano de Enone, pero ella la apartó con un gesto de sobresalto, se alejó de él y se perdió de vista entre los pinos.

Ella había visto, aunque él no, un pavo real posado en la copa del árbol más cercano y una nube dorada que se cernía sobre el pavo real. Cuando el ave lanzó su estridente graznido, Paris miró hacia arriba; vio que la nube tomaba la forma de una columna e iba flotando hacia la tierra; un resplandor blanco brillaba en su interior, mientras el oro que la envolvía se hacía gris azulado, enroscándose en el aire brillante en coronas de vapor oloroso. Y cuando aquella nube que exhalaba incienso se separó y disolvió, apareció una dama, más alta que las hijas de los hombres, vestida con ropajes blancos que deslumbraban la vista como ventiscas de nieve bajo el resplandor del sol, y con un velo reluciente echado hacia atrás sobre su coronada cabeza. Lirios de perla y oro formaban su diadema; el cetro que portaba era de marfil, coronado por un cuclillo tallado en zafiro. Pero más claramente que estos esplendores, anunciaban a la diosa su propio semblante y su porte, venerandos más allá de toda majestad terrenal.

Dirigiendo hacia Paris sus grandes ojos, marrones y lustrosos como los de las vacas, habló así, en un tono profundo y meloso:

—¡Mírame, pastor del Ida! Soy Hera, reina de los dioses: Hera, esposa de Zeus. De mí proceden la riqueza y el honor; el dominio real, las rentas de amplios dominios, el homenaje de ciudades y pueblos: estos son mis dones a los mortales, y todos ellos serán tuyos si me concedes el premio que me corresponde. Mírame, Paris, mírame bien y di: ¿acaso hay otra que se me acerque?

—Mírame a mí también —dijo otra voz que sonó dulce y clara como una trompeta de plata.

En ese momento, Paris se percató de una silueta majestuosa que se erguía a su derecha, apoyada en una gran lanza reluciente. Era la figura de una doncella armada. Tenía la cabeza cubierta por un yelmo de oro, con relieves de corceles alados y una crin blanca como la leche; llevaba una coraza de escamas de oro, adornada con serpientes de oro, sobre su túnica azul celeste, y portaba un escudo de oro con relieves de combates de dioses y gigantes. Por estos rasgos, Paris la reconoció como la doncella guerrera Atenea, a la que los hombres también llaman Palas.

—Mírame bien, Paris —le dijo de nuevo—, pues quienes me juzguen la más bella han de hacerlo por mí misma, sin promesa alguna de recompensa. Pero si, siendo mortal, tus ojos se abruman ante la luz de la presencia celestial, recuerda esto: el don de Atenea es la sabiduría, donde reside la verdadera soberanía. Hera puede hacerte rey sobre los demás, pero yo puedo hacerte señor de ti mismo y dueño de tu destino, pues el sabio, habiendo vencido el miedo y el deseo, es invencible a manos de hombres o dioses.

La doncella hizo una pausa, y Paris la miró seriamente. Observó que los cabellos que se agolpaban bajo su yelmo eran del color de las hayas en invierno; su figura, aún más alta que la de Hera, estaba moldeada con la misma nobleza, aunque con menos generosidad; sus rasgos, aunque suavizados por una belleza inmortal, eran masculinos en su severa perfección, su impronta de pensamiento y de poder.

De pronto, la diosa levantó la vista y le dedicó una mirada que no tiene parangón en el cielo ni en la tierra. Dos fuentes gemelas de fuego abrasador, dos estrellas gemelas cuyo fulgurante resplandor se desbordaba en una marea que parecía engullirlo, ¿qué era lo que estaba viendo? Retraído, pero incapaz de apartar la mirada, el joven permaneció aterrorizado, como un pájaro que devuelve impotente la mirada de la serpiente. Pero un instante después, el brillo cegador pasó; una capa de penumbra pareció cubrir aquellos orbes gemelos, y, cuando su vista quedó deslumbrada, los reconoció como lo que eran: dos ojos del gris más oscuro, hermosos, firmes, inescrutables.

—Son más gloriosos que los de la reina Hera —murmuró en voz baja—, pero… son terribles; si Atenea se enfadara, ¡seguramente podría matar con una mirada! Estoy desconcertado: como ella dijo, ¿cómo voy a atreverme a elegir? Hera me promete poder; Atenea, sabiduría…

—Pero yo —dijo una voz risueña detrás de él—, te prometo algo mejor que cualquiera de las dos: una esposa que sea la mujer más bella que existe. Gírate y contempla a Afrodita, pastor.

Paris se volvió y vio, sentada en un trono de flores, a una mujer cuyos cabellos de oro estaban coronados de rosas y caían en ondas brillantes hasta sus pies. La tercera diosa retiró el resplandeciente manto de sus hombros con dedos nacarados y delgados, mientras caminaba ligera a su lado.

—¿No soy yo la más bella? —le preguntó con una voz como el arrullo de las palomas, y con una exquisita sonrisa le dedicó una mirada con sus ojos del azul del jacinto silvestre.

¿Quién puede decir qué es lo que vio? Igual que todo el aliento y flores del verano se recogen en una rosa, igual que todo el brillo cambiante del océano se aloja en una perla, así toda la belleza corporal que la mente puede soñar, o el corazón desear, moraba por siempre en Afrodita. Y sin embargo, incluso mientras deleitaba sus ojos en la reina y madre del amor, Paris sintió que algo más divino que su belleza, más sereno que la majestad de Hera, iluminaba la frente de Palas Atenea.

Sostuvo la fatídica manzana a un brazo de distancia, mirando irresolutamente de una a otra de las tres que aguardaban.

—Dámela, Paris —dijo Hera con orgullo—. He aquí que todos los hombres aspiran al poder, pero pocos buscan la sabiduría, que es un don estéril, que los fuertes no necesitan y que a los débiles les sirve de poco. Has de saber, apuesto joven, que, aunque criado en el campo, por tus venas corre sangre de rey. ¿No te hace palpitar el corazón la idea de una corona de rey? Entonces, entrégame la manzana, y una corona llevarás, por gracia de la reina del cielo.

Casi persuadido, con tanta sorpresa y recién nacida ambición que le hicieron estremecerse ante estas palabras, Paris dio un paso hacia Hera, y luego se volvió de nuevo hacia Atenea, esperando que ella también volviera a hablar. Pero Atenea calló.

—¿De qué te sirve, querido Paris… —le dijo Afrodita en voz baja—, de qué le sirve a un hombre obtener todo el poder y toda la sabiduría, si con ello no tiene placer en sus días? La juventud se marchita como la rosa, la edad sin amor y sin alegría avanza rápidamente, la muerte acaba con todo, como un cuento que se cuenta. ¿Puedes llevarte tu gloria, tus riquezas o tus conocimientos a la tierra donde todo se olvida? No, mortal, deja estos dones a los dioses sempiternos y elige en cambio mis dones: Amor, Deleite, Alegría que alivia el corazón, para que tu breve vida sea dulce mientras dure; este es el único bien para las criaturas de un día. Vamos, júzgame como la más bella, y los placeres más allá de lo que puedas imaginar serán tuyos, gracias a la esposa que te acabo de prometer, pues yo misma la he revestido de tal belleza que estoy casi celosa de contemplarla; no hay ninguna como ella entre las mujeres, ni la habrá hasta el fin de los tiempos; y ya todos los hombres que la han visto la consideran la mujer más hermosa del mundo.

Así habló la diosa; y Paris, sobrecogido por las visiones de dicha desconocida, olvidó en ese instante el honor y la fe prometida y le puso la deslumbrante manzana en la palma de su mano. Afrodita rio dulcemente en su triunfo, y al oírlo Paris se sobresaltó como quien despierta de un sueño y se encuentra solo. Se habían ido aquellas visitantes celestiales, y, mirando a su alrededor la escena familiar y silenciosa, habría podido pensar que su visita había sido un sueño, hasta que un sonido sordo de sollozos le llegó de entre los pinos cercanos, como si fuera el susurro del viento entre sus ramas. Entonces, no soportando mirar a la que había traicionado, huyó de la cañada como un reo perseguido, pues así le ocurría a Paris entonces y en adelante: evitaba ver el dolor más que causarlo.

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Reseña y opinión de «El ocaso de los héroes que lucharon en Troya» de W. M. L. Hutchinson (traducción y adaptación de Paco Álvarez)

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